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lunes 22 de julio del 2019

El embrión humano. Trascendencia y no trascendencia.

                         El embrión humano.

            Trascendencia y no trascendencia.

 

Por Manuel Luis Martí

 

“Sólo el espíritu, si sopla sobre la

 materia puede crear al hombre.”

 

Antoine de Saint Exupery

 

 

El comienzo de la vida y su desarrollo intrauterino han sido siempre un tema con hondas raíces en la Ética desde el inicio del pensamiento filosófico, biológico y religioso.

En este momento de los conocimientos es universalmente aceptado que la vida humana comienza en el mismo momento de la concepción, con la formación de un ser único e irrepetible en todas sus potencialidades.

De todas formas el enfoque de este embrión y de su vida pueden tener diversas concepciones según la ideología del observador.

Estas concepciones se pueden simplificar en aceptar, o no, su trascendencia.

Desde el punto de vista religioso se acepta la sacralidad de la vida humana lo que conlleva su naturaleza trascendente.

Los médicos católicos prometen: “Defender y proteger la vida humana desde la concepción hasta la terminación natural creyendo que la vida humana es transmitida por los padres, es creada por Dios y tiene un destino eterno que pertenece a Él”.

Esto significa que desde el instante preciso de su inicio con la fecundación, el embrión debe ser considerado como un ser humano y que existe una obligación de respeto tanto por parte de sus padres como de la sociedad en general.

Para el Derecho, la vida es un bien intrínseco de la persona y un valor fundamental, en tanto que para el laicismo, de pensamiento no religioso, el ser humano es inviolable, pero la vida no es un valor absoluto o irrestricto, ni la muerte un absoluto mal. En este sentido, para el pensamiento no religioso actual, a la vida no le corresponde el criterio de sacralidad y, por lo tanto, el ser humano puede no ser considerado como un fin en sí mismo.

El riesgo que conlleva este concepto es que pueda considerarse al embrión como un ente cosificado, como un objeto que puede ser manipulado y hasta comercializado.

La American Society for Reproductive Medicine señala que la venta de embriones es éticamente inaceptable pero que la donación de embriones con el consentimiento de los padres es aceptable siempre que se garantice el no provecho económico, que sean para uso personal y que pertenezcan a una pareja constituida.

Es decir que la donación de embriones constituye un componente establecido, si bien limitado, de la actual reproducción asistida.

Existe además en gran escala la fuente de comercialización de gametos con una orientación hacia la venta de embriones.

Todos estos hechos, independientemente de los problemas legales de filiación, ponen en evidencia una conducta mercantilista más allá de cualquier materialismo.

El otro riesgo de la falta de trascendencia se orienta hacia la manipulación del embrión, actividad ésta permitida por el proyecto de Código Civil, que no define el intervalo entre la fecundación y la implantación en el útero.

Estas realidades están en consonancia con el relativismo del mundo actual. La vida para esta concepción, no puede ostentar un valor absoluto. Pareciera que lo único legítimo es la satisfacción completa de los deseos con una ausencia total de cualquier concepto metafísico.

Pero el hombre está destinado a diferenciar el bien del mal. Este criterio está impreso en la mente occidental ya desde el libro del génesis: el hombre se transforma en hombre real cuando llega al conocimiento del bien y del mal; éste es su pasaporte al mundo que lo recibirá con el dolor y el trabajo.

Platón hace veinticinco siglos estaba convencido de que en lo profundo del corazón de todo ser humano existe un punto de referencia ético, fijo, independiente de su cultura y su tradición.

Con palabras similares, la Encíclica “Gaudium et Spes”, colofón del Concilio Vaticano II y rubricada por Paulo VI, señala que desde el fondo de su corazón el hombre recibe en su conciencia el concepto de lo que está bien y lo que está mal.

La idea de la dignidad humana ya está en Séneca quien admite sin distingos que todos los hombres la poseemos, ya que todos somos personas.

En la actualidad existen corrientes de pensamiento, fuera de la religión, que aseguran que por su misma naturaleza, por la misma fuerza de pertenecer a la especie humana, por su particular potencial genético, todo ser humano es en sí mismo digno y merecedor de respeto.

Si bien para la mente religiosa la trascendencia es un atributo fundamental de la vida, una parte del mundo está dispuesta a aceptar que el hombre, sólo por su naturaleza, puede trascenderse a sí mismo, al pertenecer a un estrato superior de la vida.

Lamentablemente, el materialismo, la ausencia de pensamiento metafísico, la manipulación del hombre por el hombre, como nunca ocurrió en la historia, la cosificación del hombre, la era posmodernista carente de valores, pueden llevarnos a caminos oscuros de incierto final.

Todas las épocas fueron críticas y el espíritu humano las superó.

Hagamos votos para que así ocurra con estos turbulentos tiempos.

consorcio de medicos católicos

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